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LA
CRIBA ROTA Y REPARADA
Abandonado ya el estudio de las letras, hizo propósito de
retirarse al desierto, acompañado únicamente de su
nodriza, que le amaba tiernamente. Llegaron a un lugar llamado Effide,
donde retenidos por la caridad de muchos hombres honrados, se quedaron
a vivir junto a la iglesia de San Pedro.
La ya citada nodriza, pidió a las vecinas que le prestaran
una criba para limpiar el trigo. Dejóla incautamente sobre
la mesa y fortuitamente se quebró y quedó partida
en dos trozos. Al regresar la nodriza, empezó a llorar desconsolada,
viendo rota la criba que había recibido prestada. Pero Benito,
joven piadoso y compasivo, al ver llorar a su nodriza, compadecido
de su dolor, tomó consigo los trozos de la criba rota e hizo
oración con lágrimas. A1 acabar su oración
encontró junto a sí la criba tan entera, que no podía
hallarse en ella señal alguna de fractura. Al punto, consolando
cariñosamente a su nodriza, le devolvió entera la
criba que había tomado rota.
El hecho fue conocido de todos los del lugar. Y causó tanta
admiración, que sus habitantes colgaron la criba a la entrada
de la iglesia, para que presentes y venideros conocieran con cuánta
perfección el joven Benito había dado comienzo a su
vida monástica. Y durante años, todo el mundo pudo
ver la criba allí, puesto que permaneció suspendida
sobre la puerta de la iglesia hasta estos tiempos de la invasión
lombarda.
Pero Benito, deseando más sufrir los desprecios del mundo
que recibir sus alabanzas, y fatigarse con trabajos por Dios más
que verse ensalzado con los favores de esta vida, huyó ocultamente
de su nodriza y buscó el retiro de un lugar solitario, llamado
Subiaco, distante de la ciudad de Roma unas cuarenta millas. En
este lugar manan aguas frescas y límpidas, cuya abundancia
se recoge primero en un gran lago y luego sale formando un río.
Mientras iba huyendo hacia este lugar, un monje llamado Román
le encontró en el camino y le preguntó adónde
iba. Y cuando tuvo conocimiento de su propósito guardóle
el secreto y le animó a llevarlo a cabo, dándole el
hábito de la vida monástica y ayudándole en
lo que pudo.
El hombre de Dios, al llegar a aquel lugar, se refugió en
una cueva estrechísima, donde permaneció por espacio
de tres años ignorado de todos, fuera del monje Román,
que vivía no lejos de allí, en un monasterio puesto
bajo la regla del abad Adeodato a, y en determinados días,
hurtando piadosamente algunas horas a la vigilancia de su abad,
llevaba a Benito el pan que había podido sustraer, a hurtadillas,
de su propia comida.
Desde el monasterio de Román no había camino para
ir hasta la cueva, porque ésta caía debajo de una
gran peña. Pero Román, desde la misma roca hacía
descender el pan, sujeto a una cuerda muy larga, a la que ató
una campanilla, para que el hombre de Dios, al oír su tintineo,
supiera que le enviaba el pan y saliese a recogerlo.
Pero el antiguo enemigo que veía con malos ojos la caridad
de uno y la refección del otro, un día, al ver bajar
el pan, lanzó una piedra y rompió la campanilla. Pero
no por eso dejó Román de ayudarle con otros medios
oportunos. Mas queriendo Dios todopoderoso que Román descansara
de su trabajo y dar a conocer la vida de Benito para que sirviera
de ejemplo a los hombres, puso la luz sobre el candelero para que
brillara e iluminara a todos los que estuvieran en la casa de Dios.
Bastante lejos de allí vivía un sacerdote que había
preparado su comida para la fiesta de Pascua. El Señor se
le apareció y le dijo: "Tú te preparas cosas
deliciosas y mi siervo en tal lugar está pasando hambre".
Inmediatamente el sacerdote se levantó y en el mismo día
de la solemnidad de la Pascua, con los alimentos que había
preparado para sí, se dirigió al lugar indicado. Buscó
al hombre de Dios a través de abruptos montes y profundos
valles y por las hondonadas de aquella tierra, hasta que lo encontró
escondido en su cueva. Oraron, alabaron a Dios todopoderoso y se
sentaron. Después de haber tenido agradables coloquios espirituales,
el sacerdote le dijo: "¡Vamos a comer! que hoy es Pascua".
A lo que respondió el hombre de Dios: "Sí, para
mí hoy es Pascua, porque he merecido verte". Es que
estando como estaba alejado de los hombres, ignoraba efectivamente
que aquel día fuese la solemnidad de la Pascua 9. Pero el
buen sacerdote insistió diciendo: "Créeme: hoy
es el día de Pascua de Resurrección del Señor.
No debes ayunar, puesto que he sido enviado para que juntos tomemos
los dones del Señor". Bendijeron a Dios y comieron,
y acabada la comida y conversación el sacerdote regresó
a su iglesia.
También por aquel entonces le encontraron unos pastores oculto
en su cueva. Viéndole, por entre la maleza, vestido de pieles,
creyeron que era alguna fiera. Pero reconociendo luego que era un
siervo de Dios, muchos de ellos trocaron sus instintos feroces por
la dulzura de la piedad. Su nombre se dio a conocer por los lugares
comarcanos y desde entonces fue visitado por muchos, que al llevarle
el alimento para su cuerpo recibían a cambio, de su boca,
el alimento espiritual para sus almas. [Arriba]
CÓMO VENCIÓ UNA TENTACIÓN DE LA CARNE
Un día, estando a solas, se presentó el tentador.
Un ave pequeña y negra, llamada vulgarmente mirlo, empezó
a revolotear alrededor de su rostro, de tal manera que hubiera podido
atraparla con la mano si el santo varón hubiera querido apresarla.
Pero hizo la señal de la cruz y el ave se alejó. No
bien se hubo marchado el ave, le sobrevino una tentación
carnal tan violenta, cual nunca la había experimentado el
santo varón. El maligno espíritu representó
ante los ojos de su alma cierta mujer que había visto antaño
y el recuerdo de su hermosura inflamó de tal manera el ánimo
del siervo de Dios, que apenas cabía en su pecho la llama
del amor. Vencido por la pasión, estaba ya casi decidido
a dejar la soledad. Pero tocado súbitamente por la gracia
divina volvió en sí, y viendo un espeso matorral de
zarzas y ortigas que allí cerca crecía, se despojó
del vestido y desnudo se echó en aquellos aguijones de espinas
y punzantes ortigas, y habiéndose revolcado en ellas durante
largo rato, salió con todo el cuerpo herido. Pero de esta
manera por las heridas de la piel del cuerpo curó la herida
del alma, porque trocó el deleite en dolor, y el ardor que
tan vivamente sentía por fuera extinguió el fuego
que ilícitamente le abrasaba por dentro. Así, venció
el pecado, mudando el incendio.
Desde entonces, según él mismo solía contar
a sus discípulos, la tentación voluptuosa quedó
en él tan amortiguada, que nunca más volvió
a sentir en sí mismo nada semejante.
Después de esto, muchos empezaron a dejar el mundo para ponerse
bajo su dirección, puesto que, libre del engaño de
la tentación, fue tenido ya con razón por maestro
de virtudes. Por eso manda Moisés que los levitas sirvan
en el templo a partir de los veinticinco años cumplidos,
pero sólo a partir de los cincuenta les permite custodiar
los vasos sagrados.
PEDRO.- Algo comprendo del sentido del pasaje que has aducido, sin
embargo te ruego que me lo expongas con más claridad.
GREGORIO.- Es evidente, Pedro, que en la juventud arde con más
fuerza la tentación de la carne, pero a partir de los cincuenta
años el calor del cuerpo se enfría. Los vasos sagrados
son las almas de los fieles. Por eso conviene que los elegidos,
mientras son aún tentados, estén sometidos a un servicio
y se fatiguen con trabajos, pero cuando ya el alma ha llegado a
la edad tranquila y ha cesado el calor de la tentación, sean
custodios de los vasos sagrados, porque entonces son constituidos
maestros de las almas.
PEDRO.- Bien, estoy de acuerdo. Pero ya que me has manifestado el
sentido oculto de este pasaje, te pido que sigas contándomela
vida de este justo, que has comenzado a narrar.
Descárguese el archivo
con su biografía entera contada por San Gregorio Magno, pinchando
aquí . También puede acceder a los archivos de
la Novena
de San Benito, Oraciones
de la Novena y las Vísperas
de San benito. |
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